Por Óscar González Arana
Especial para el diario El País, España.
En Colombia los políticos nacen de las maquinarias electorales, del empresariado, de
los partidos tradicionales y algunos pocos de las tragedias de la historia. Iván Cepeda
Castro pertenece a esta última categoría.
En Colombia los políticos nacen de las maquinarias electorales, del empresariado, de
los partidos tradicionales y algunos pocos de las tragedias de la historia. Iván Cepeda
Castro pertenece a esta última categoría.
Siendo muy joven fue dirigente estudiantil y presidente del Comité Coordinador de
Colegios de Ciudad Kennedy, una extensa y populosa localidad de Bogotá. Lo
acompañaba un grupo de líderes que transitaban desde la infancia hacia una precoz
adolescencia, llenos de un fervor militante suficiente para retar la represión desatada
por el gobierno de Julio César Turbay bajo el denominado Estatuto de Seguridad, que
criminalizó la protesta social y dejó un oscuro registro de desapariciones y torturas.
Corría el año 1978 y, en medio de la persecución, Iván, su hermana María y sus
compañeros de la Juventud Comunista ya no podían reunirse como antes en el
apartamento familiar de la zona de Banderas al sur-occidente de Bogotá. Salir de
noche a pintar paredes con grafitis políticos era casi un acto suicida. Se necesitaba un
operativo clandestino: una docena de centinelas vigilando mientras dos muchachos
pintaban consignas.
Una madrugada el operativo falló y varios estudiantes fueron detenidos por la policía.
Iván logró escapar, pero al percatarse que sus compañeros habían sido arrestados,
decidió regresar y reclamar su libertad. El resultado era previsible: terminó igualmente
apresado.
La costumbre era que Iván debía ser el primer orador para arengar a los estudiantes
del colegio INEM antes de las movilizaciones callejeras. En una de esas protestas fue
golpeado y detenido. Salió de la estación de policía en medio de aplausos y de una
calle de honor improvisada por sus compañeros, con un brazo fracturado y en
cabestrillo. Nunca supo si reír de alegría o llorar del dolor.
Estudió en el colegio Politec, adscrito a la Universidad INNCA, una de las
universidades más progresistas de la época. A diferencia de muchos de sus amigos,
las fiestas, el licor o los bailes no eran su afición. Lo suyo eran los libros y la lectura en
casa, siguiendo el modelo de sus padres. En ese ambiente hogareño se respiraba
desde el Manifiesto Comunista de Marx hasta el ¿Qué hacer? de Lenin. El patrón
cotidiano era la biblioteca, la utopía y la revolución.
Su madre, Yira Castro, murió joven. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, senador y uno
de los más importantes dirigentes del Partido Comunista Colombiano, fue asesinado
durante la guerra de exterminio contra la Unión Patriótica.
Iván Cepeda estudió filosofía en la Universidad San Clemente de Ohrid, en Sofía,
Bulgaria. Más adelante cursaría una maestría en Derecho Internacional Humanitario en
Lyon, Francia, y sería profesor de filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana.
Habiendo conocido las realidades del modelo soviético en Europa Oriental, fue
influenciado por los nuevos vientos del eurocomunismo, corriente que intentó adaptar el
socialismo a las democracias occidentales. Aquellas ideas chocaban parcialmente con
la rigidez ideológica de su padre, pero también conectaban con la renovación política
impulsada entonces por dirigentes jóvenes como Bernardo Jaramillo Ossa y José
Antequera.
Era una generación que comenzaba a cuestionar la vía armada y a confiar en el poder
del voto, la democracia liberal y la apertura política. Semanas antes de su asesinato,
regresando de una gira por Europa, Bernardo Jaramillo me comentó con entusiasmo
que Iván Cepeda, “el hijo del duro del partido”, se sumaba a nuestra tendencia
renovadora. Era un hecho altamente simbólico en medio de las tensiones internas de la
izquierda colombiana.
La mayoría de esa dirigencia fue asesinada. Sobrevivimos muy pocos.
En marzo de 1990, durante el funeral de Bernardo Jaramillo, Iván Cepeda anunció su
ingreso a los Círculos Bernardo Jaramillo, un movimiento de izquierda democrática
contrario a la lucha armada y comprometido con las ideas de paz y apertura
democrática. Durante la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 volvimos a
encontrarnos muchos de quienes participábamos en esas corrientes políticas, los
Círculos ya integrados a la coalición de la Alianza Democrática M-19.
En agosto de 1994, junto con su hermana María y su amigo Pedro Pineda, Iván
Cepeda lanzó la Fundación Manuel Cepeda Vargas, dedicada a la memoria histórica y
la defensa de los derechos humanos. La Fundación desempeñó un papel importante en
litigios nacionales e internacionales, incluida la sentencia de la Corte Interamericana de
Derechos Humanos que declaró responsable al Estado colombiano por el asesinato de
su padre.
En 2004 ingresó al Polo Democrático, partido que rechazó expresamente la lucha
armada de las FARC y el ELN como vía para transformar el país. En 2010 fue elegido
congresista y posteriormente se integró al Pacto Histórico. Hoy es el candidato
presidencial de la Alianza por la Vida y del presidente Gustavo Petro.
Iván Cepeda pertenece a la generación que intentó sustituir la épica de las armas por la
legitimidad democrática. Su nombre genera pasiones y resistencias. Para unos
representa la defensa de las víctimas y los derechos humanos; para otros encarna una
izquierda que todavía produce temor en algunos sectores.
Durante años construyó la imagen de un político disciplinado, austero y obsesivo con la
documentación de casos relacionados con paramilitarismo, desapariciones y
ejecuciones extrajudiciales. Junto a Roy Barreras, Cepeda fue uno de los defensores
más visibles de las negociaciones de paz entre el Estado colombiano y las FARC en La
Habana. Para sus simpatizantes aquello representó reconciliación; para sus críticos,
concesiones excesivas a una guerrilla responsable de secuestros, asesinatos y
narcotráfico.
El expresidente Álvaro Uribe Vélez terminó convirtiéndose, paradójicamente, en uno de
los factores que más consolidó su liderazgo político. El enfrentamiento entre ambos
simboliza buena parte de la polarización colombiana contemporánea.
La trayectoria pública de Iván Cepeda ha transcurrido dentro de la institucionalidad
democrática. En lo económico promueve un capitalismo productivo y progresista; en lo
social defiende reformas contra la pobreza y la exclusión; y en lo político insiste en la
necesidad de un diálogo nacional.
Muchos de sus contradictores le reconocen sobriedad y disciplina. Su gran desafío
consiste en convencer al centro, a sectores moderados y empresariales que representa
estabilidad y no revancha ideológica.
Iván Cepeda convirtió la memoria en una herramienta política. Y en un país construido
sobre heridas mal cerradas, recordar siempre tiene un costo.
Óscar González Arana es abogado y magíster en Estudios Políticos.

Leave a Reply