Hace un año, el 8 de mayo de 2025,  llegó al Solio de Pedro,  Robert Francis Prevost.

Por Néstor Ponguta

Hace un año, el 8 de mayo de 2025,  llegó al Solio de Pedro,  Robert Francis Prevost, un cardenal norteamericano criado en una familia profundamente católica, que estudió matemáticas y filosofía, como queriendo entender desde joven tanto el orden de los números como el caos del alma humana. Ama la música, el deporte, cocinar y manejar su carro sobretodo si el viaje es largo. Hay quienes descansan durmiendo y otros recorriendo caminos interminables.

Habla con serenidad, pero logra más impacto que muchos que gobiernan a los gritos. En Perú aprendió quechua para acercarse a las comunidades indígenas y entendió que la verdadera autoridad no nace del miedo. Vivió además los años duros de la violencia de Sendero Luminoso, enfrentándolos más con convicciones que con discursos.

Es un pastor con olor a oveja, pero también alguien que no le huye a los lobos. El Papa Francisco vio en aquel misionero discreto algo que muchos aún no percibían: un hombre sereno, pero con carácter firme y que como Superior de los Agustinos recorrió el mundo adquiriendo una visión universal de la Iglesia.

Como pontífice, Robert Francis Prevost ha mostrado un estilo más moderado en las formas, aunque igual de firme en el fondo. Está del lado de los pobres, los migrantes y los olvidados, y se ha convertido en un muro moral frente a la guerra, el odio y la política del miedo, sin necesidad de pelear con nadie.

Este hombre vestido de blanco y sin ejército termina inquietando al mundo siendo un ejemplo concreto que el verdadero poder no siempre hace ruido. Dios le de larga vida a este Papa que cree firmemente  en una paz desarmada y en una paz desarmante

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