Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve – En nues­tra Diócesis de Cúcuta celebramos la Semana de la Familia del 12 al 18 de junio, con el propósito de tomar conciencia del llamado de Dios a cada hogar para defender, proteger y custodiar la vida huma­na y la familia, como base esencial para construir persona y sociedad desde las virtudes del Evangelio, con la certeza que Jesucristo nues­tra esperanza ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hoga­res, fortalece la unidad y la comu­nión, que dan bienestar y estabi­lidad a la vida familiar, sabiendo que “el bien de la familia es de­cisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (‘Amoris Laetitia’ #31), bienestar que está en manos de nuestras familias cristianas para construir un mundo perdonado, re­conciliado y en paz.

Con Jesucristo al centro de la fami­lia, la vida se hace más llevadera y aún los dolores y los sufrimien­tos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortale­cimiento del hogar. Así lo expresa el Papa Francisco cuando afirma: “La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Cuando se vive en familia, allí es difícil fingir y mentir, no po­demos mostrar una máscara. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (AL #315), de tal mane­ra que la vida familiar se santifica mediante la vivencia de la caridad, que debe tener como núcleo el per­dón, que da capacidad para seguir adelante.

Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayu­dando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio de la familia, que sirve a otros ho­gares que pueden estar en dificul­tades, a centrar su vida en el Señor. El Documento de Aparecida (DA) reconoce esta misión de los padres cuan­do afirma: “El gran tesoro de la educa­ción de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la con­serva, la celebra, la transmite y la testi­monia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su go­zosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hi­jos” (DA #118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio de la vida y la familia.

La familia que edifica su vida so­bre la roca firme de Jesucristo, re­cibirá la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios y podrá también convertirse en luz que ilu­mina el caminar de otras familias, que se ven desanimadas en con­tinuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy, sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza Pascua de Cristo, mediante la constan­te irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la espe­ranza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtu­des del Reino de Dios como la es­peranza de la vida bienaventura­da” (‘Familiaris Consortio’ #52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y con­templarla en medio de las dificul­tades que se viven en cada hogar.

La cruz hace parte de la vida hu­mana y también de la vida familiar, en esto tenemos que apren­der de la Santísima Virgen María, a es­tar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Je­sús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en co­munión con la cruz del Señor, y el abra­zo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandona­do que puede evitar una ruptu­ra. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las di­ficultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL #317).

Los desafíos son grandes, porque no es fácil hacer frente en el mo­mento actual a todas las situacio­nes de adversidad por las que atra­viesan las familias, sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos forta­lece, alienta, llena de esperanza y nos da la certeza que “Dios ama nuestras familias, a pesar de tan­tas heridas y divisiones. La pre­sencia invocada de Cristo a tra­vés de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA #119), con la certeza que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los víncu­los de comunión familiar, como expresión de la auténtica caridad que debe reinar en el hogar.

Convoco a todas las familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, ro­gar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difí­ciles, pedirle la gracia de la caridad y del amor conyugal, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la fami­lia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y am­paro de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el glorioso Patriar­ca san José, unido a la Madre del Cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unifica­dos por Él, para que construyamos hogares perdonados, reconciliados y en paz.

En unión de oraciones, sigamos adelante. Reciban mi bendición.

+ José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta

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