Por Óscar Domínguez
Como a partir de hoy estaremos en modo mundial, diré algunos disparates sobre el deporte que nos nivela por lo alto.
Cuando el hombre decidió coger el mundo a las patadas inventó el fútbol.
¿Será casualidad que los británicos no sólo inventaron el fútbol, sino que también son los “creadores” de los gringos, la minifalda, la ley de la gravedad, el whisky, la anestesia, el humor (con Chaplin(), la ironía (con Wilde) las novelas policíacas, y conservan ese arcaico juguete llamado monarquía?
Todos los años el goleador del campeonato debería ser declarado el poeta del año, como quería Passolini.
Los zurdos también son gente. Lo demuestran jugadores como Messi, premio Princesa de Asturias de los Deportes 2026, o James, el nuestro, cuya estrella ojalá brille en este mundial, el último para los dos.
A los futbolistas los suicidan pronto en su espléndida primavera. Tienen corta vida útil. Pero han aprendido mucho. Por ejemplo, ya aparecen en revistas del corazón acompañados de mujeres de viento, sacadas de la pasarela, olorosas a Chanel.
Los nuevos dueños del balón se tutean en el baño turco y en el club con sus asesores económicos egresados de Harvard. Tienen los pies en la cancha y el corazón en Wall Street.
A los jugadores que se sacan los mocos en vivo y/o escupen en varios idiomas deberían obligarnos a aprenderse de memoria la urbanidad de Carreño… en chino. (En un mundial, el entrenador alemán no sólo se sacó los mocos en vivo por televisión: se los ¡comió! ¿Será por aquello de que el hombre se come lo que más ama?).
Alguien hace un gol y automáticamente recarga las pilas. Queda como tocado por diez dosis personales de perica.
A algunos goleadores les caen tan duro sus compañeros para felicitarlos que la próxima vez lo pensarán dos veces antes de anotar. Primero vivir.
Los futbolistas deberían jugar con cinturón de castidad. No para fornicar dentro de la cancha, sino para proteger sus partes pudendas en los tiros libres que podrían dejarlos estériles. (Hago esta propuesta: eliminar las barreras en los tiros libros para que no sufran en la casa de quienes la integran).
Los científicos están en mora de perfeccionar un chip para incorporarlo al balón. El objeto de este chip sería ayudarle al árbitro a equivocarse menos. La idea es tener árbitros infalibles. La infalibilidad es demasiado importante para dejársela solo a los papas. Ya dimos un gran paso adelante con el BAR, perdón, con el VAR.
Hay mucho de beso de Judas en ese apretón de manos que se dan los jugadores antes del comienzo del partido. Me recuerda la precaria paz que nos damos en misa para luego volver al rencor.
Los dueños de ataúdes y hornos crematorios están obligados ofrecer precios de temporada durante los mundiales. O en la Copa América.
Arqueros hay que se salen de la ropa porque sus defensores los hacen trabajar excesivamente. Estos quejosos deberían permanecer en casa acariciando el gato.
Fútbol sin goles es como una puesta de sol sin sol. Los partidos nunca acabarán empatados. Seguirá la función hasta que haya gol de desempate.
Un verdadero arquero debería salir de arco y felicitar al que le hizo un bello gol.
En toda chilena hay un golpe de estado al balón. (Eduardo Galeano cuenta que la chilena fue inventada por Ramón Unzaga en una cancha del pueblo chileno de Talcahuano).
Muchas veces los jugadores son objeto de faltas tan salvajes que la FIFA debería exigir la presentación de los planos de cada futbolista, para rearmarlo en caso de emergencia.
Ser cuarto árbitro es tan emocionante como ser alcalde de la ciudad de hierro.
Después de arruinar los tobillos o la rodilla del rival, ciertos profesionales del juego brusco alzan las manos tratando de minimizar el ataque. Es un falso positivo al árbitro para que no los mande al vestuario.
Ojalá los jugadores y árbitros del futuro llevaran micrófonos ultrasensibles incorporados que nos permitan a los hinchas saber qué comentan o qué insultos intercambian entre ellos durante el partido. Sería el auténtico reality. Sin mujer no habría poesía, sin hinchas no existiría el fútbol. Del académico español Javier Marías es esta bella hipérbole: “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”.
¿Por qué los jugadores aplauden a colegas que les envían balones imposibles de controlar? Solo falta que los inviten a almorzar.
“Cuando dos equipos empatan, ambos pierden. Es una derrota recíproca y humillante”, pontificaba el dramaturgo y gran cronista brasileño Nelson Rodrigues. Algo parecido decía Bobby Fischer de las tablas en el ajedrez.
Aficionados hay que si no los muestran siquiera una vez en las transmisiones de televisión, consideran que reencarnaron en vano.
Gracias a las cámaras de televisión decenas de maridos desaparecidos son sorprendidos por sus esposas con las manos en la masa femenina ajena en las graderías. Antes de salir de casa juraban que se iban de junta.
El Charro José Manuel Moreno, uno de los futbolistas más talentosos que jugó en Colombia, desechó jugosas ofertas del Nacional de Montevideo y prefirió seguir en Defensor, solo porque allí jugaban sus amigos. Los románticos pasaron al archivo. El Charro jugó en el Independiente Medellín. (Muchos colegas del Charro lo consideran el mejor jugador argentino de la historia por encima de Maradona y Messi).
Lo contó el delantero uruguayo Ghiggia, autor del gol que le valió a Uruguay el mundial de 1950, en el célebre maracanazo: “Hicimos colecta para celebrar el triunfo en la habitación del hotel”. Y el capitán de la selección uruguaya, Obdulio Varela, en la noche del triunfo sobre Brasil, disfrazado de sí mismo, estuvo en los bares de Río bebiendo cerveza y consolando a los vencidos.
Las finanzas del niño Alberto Camus, futuro Nobel de Literatura, eran tan precarias que jugaba de arquero porque en ese oficio se gastaban menos los zapatos.
El fútbol ha mostrado la debilidad de occidente por el hedonismo y de oriente por el dolor. Cuando le cometen falta a un jugador occidental, simula morir. Los orientales se levantan en medio del dolor, se ajustan el esternecleidomastoideo averiado por el golpe aleve del rival, y regresan a la fatiga. En tiempos de un mundial la humanidad tiene la televisión por cárcel.
Aunque no lo crea el padre Astete, el fútbol sirve para demostrar la existencia de Dios: cada vez que marcan un gol, los jugadores miran al cielo en acción de gracias. Si no convierten un gol cantado, también miran hacia allí en señal de reproche al Galileo. Dios no puede ser y no ser al mismo tiempo. Déjenlo tranquilo que está ocupado “fabricando estrellas”.
El fútbol, esperanto de los goles, permite disfrutar lo mismo una buena cabriola ejecutada por un danés, un brasileño, un alemán o un oriental.
Felices los árbitros que tienen 90 minutos para que les recuerden a la mamacita.
Cuándo éramos jóvenes, audaces y bellos, el balón con el que jugábamos tenía cirujano plástico propio: el zapatero remendón del barrio que lo “operaba” cuando se descosía porque acusaba fatiga de metal.
Seguir pitando fuera de lugar estropea el juego, lo frena. Despoja al fútbol de la malicia, uno de sus mejores ingredientes.
Hablando de árbitros que se equivocan, conviene recordar lo que Wilde leyó sobre el piano de un bar en Nueva Orleáns: “No disparen sobre el pianista: procura hacerlo lo mejor que puede”.
A medida que sus equipos son eliminados, los entrenadores derrotados llaman a sus mujeres -o amantes- desde el camerino, y les ordenan que empiecen a mirar avisos clasificados a ver qué oficios están disponibles.
Poniéndonos metafísicos, digamos que vivir es cambiar de balón
La historia, implacable, suele abreviar. Solo recuerda a los ganadores. “El segundo siempre es el primero de los derrotados”.
Pasar de un mundial al balompié local es como hacer el tránsito de la langosta al arroz con huevo. Pero toca. El fútbol es el fútbol en cualquier parte.
Tanta estadística inútil le resta seriedad a los análisis. Para el mundial Catar sabremos cuántos zancudos murieron aplaudidos el tiempo que duró equis partido.
Con mostrarles fotos de la cara que ponen los arqueros cuando les hacen un gol, los padres podrían convencer a sus hijos de que se tomen la sopa.
Hay técnicos que ante los desaciertos de sus pupilos reaccionan como si el mismo día hubieran perdido la mamá, la esposa, la amante y la billetera con papeles y todo.
Los tiros penaltis generan tal presión que deberían cobrarlos los presidentes de las federaciones. O la señora del tinto.
En Brasil no hay himnos antes de los partidos. A lo que vinimos, vamos. Que ruede la bola.
Iluminados como Ronaldo y Messi convirtieron sus prosaicas extremidades en multinacionales del entretenimiento.
Los jugadores relegados a la banca tienen cara de retrato hablado. Lucen el rostro inconfundible de quien va camino de la horca.
Las bellas que deseen perpetuar su esbelta figura pueden adoptar, gratis, la dieta del fútbol ¿O han visto a los divos del campo de juego con llantas, michelines, celulitis o estrías?
La letra de los himnos de los distintos países parecen escritas por el mismo profesor distraído de preceptiva literaria.
¿Qué piensan de la vida esos balones decisivos que golpean en el travesaño, a espaldas de los arqueros se pasean por la portería como Pedro por su casa, y regresan al campo de juego, muertos de la risa, sin haberse convertido en gol?
Hay un recurso infalible para ver los partidos con lo poco o mucho que aprendimos en la universidad del potrero: activando el botón del silencio. Así escapamos a la dictadura de los sabios que analizan el juego. Nos hacen sentir perfectos imbéciles.
Los kamikazes futbolistas nipones le caen al balón como quien ve llover aviones sobre Pearl Harbor
Del hincha dijo alguna vez el fallecido jugador brasileño “Mané” Garrincha en el ocaso de sus goles: “Al igual que los payasos en el circo, nos aplauden si lo hacemos bien y nos insultan si lo hacemos mal; pero de ambas maneras los estamos divirtiendo”. (De Garrincha es esta aspirina para el alma: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí”. Lean entera en la entrevista que le hizo Cepeda Samudio cuando Mané jugó en el Júnior, de Barranquilla. El fútbol ya se había ido de sus botines).
Los hinchas necesitamos estar sufriendo. Son gajes del oficio. Así que no se nos tilde de traidores si vamos cambiando de equipo a medida que mandan a casita a la selección de nuestras entretelas.
Entre la alegría y la tristeza no hay más distancia que una lágrima. Esto es válido en el amor y… en los torneos donde la alegría de los ganadores contrastará con los lagrimones de los perdedores.
Los tiempos cambian: la noticia del descubrimiento de América se conoció seis meses después en Europa. Hoy se produce un prosaico gol y millones y “millonas” lo disfrutamos en directo. Casi antes de que se produzca.
Siento que cambié tanto de equipo en el último mundial que tuve que reducir mis salidas a la calle. No podría mirar a los ojos a la señora que me vende el pan y la leche. O el aguacate para el almuerzo. (Líneas sometidas a latonería y pintura).

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