𝙋𝙤𝙧 𝙍𝙊𝘿𝙍𝙄𝙂𝙊 𝙎𝙄𝙇𝙑𝘼 𝙑𝘼𝙍𝙂𝘼𝙎
𝘌𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘰𝘥𝘪𝘴𝘵𝘢, 𝘢𝘱𝘳𝘦𝘯𝘥𝘪𝘻 𝘥𝘦 𝘗𝘢𝘤𝘩𝘢𝘮𝘢𝘮𝘢, 𝘥𝘦𝘭 𝘨𝘳𝘶𝘱𝘰 𝘥𝘦 𝘓𝘰𝘴 𝘕𝘢𝘥𝘪𝘦
Ha partido hacia la eternidad Francisco Suárez Suárez, Pacho, el humilde trabajador de la radio como operador de sonido. Pacho me dio una lección que jamás he olvidado en el resto de la vida y que hoy y siempre he agradecido.
A mis 20 años llegué a la dirección de la emisora Radio Garzón. No solo fui el primer garzoneño en dirigir el medio, sino también el más joven del grupo de trabajadores apasionados por la radio que trabajamos sin prestaciones sociales ni seguros de pensión o de salud. Incluso, mi sueldo en una emisora quebrada económicamente no alcanzaba el valor del salario mínimo legal.
En ese grupo de apasionados el mayor o más viejo era Pacho. Y yo, el sardino, era el jefe de todos. Y nos propusimos a sacar de la emisora de los estudios y trabajar en la calle y en las veredas, principalmente con deportes como fútbol, ciclismo, boxeo, atletismo y hasta motociclismo. Dirigimos un equipo de fútbol femenino de excelentes jugadoras que no eran comprendidas en un deporte machista.
Una vez salimos a transmitir una carrera ciclística y el equipo remoto lo instalamos frente a la Caja Agraria, en la calle séptima con carrera décima. El responsable de la parte técnica era Pacho y algo falló y yo entré en cólera. Regañé en voz alta a Pacho y no sé qué tantos epítetos le dirigí, pero él, calladamente, trató de corregir la falla.
Terminada la transmisión y ya en un momento calmado dentro de la emisora, fue hacia mi oficina y me dio la lección. Me dijo que él ya era mayor y yo mocetón, pero además el jefe. Y que en público y a pleno grito, el único que quedaba mal era yo. Y que si encontraba un error en el trabajo de los subalternos, lo mejor sería que los llamara en privado y les hiciese las observaciones. Y que yo no quedaría mal en público como el ogro gritón y mala gente.
Lección aprendida y aplicada en el resto de mi carrera. Proveniente de uno de los más humildes que sentía verdadera pasión por la radio y quien, además, tuvo la fortuna de tener como esposa a Olga Quesada (fallecida recientemente), una mujer que siempre fue su más grande consejera, amiga y alcahueta en el mejor sentido de esta palabra.
Pacho formó el trio aventurero que con mi hermano Omar y conmigo emprendió tal vez la empresa más atrevida de Radio Garzón: realizar un récord mundial de locución, que entonces estaba en 78 horas. Nosotros lo iniciamos un 7 de octubre y terminamos el día 10, haciendo pausas de 30 minutos cada 12 horas para estirar músculos y recibir atención médica. Pusimos la marca mundial en 100 horas y 10 minutos.
Omar, Pacho y yo nunca imaginamos que esa aventura tuviera divulgación nacional e internacional. Pero, lo más bello, fue recibir el cariño de las gentes de Garzón y municipios vecinos. No exagero en decir que con todas las viandas que nos llevaron, habríamos montado un supermercado. Fue una generosidad sin límite de las gentes. Y al final, cuando ya estábamos que no podíamos dar un paso más, especialmente por el sueño, llegó lo que nunca imaginamos: nos esperaban con el carro de bomberos para realizar un prolongado desfile por las calles de Garzón, recibiendo la ovación de un pueblo que quería a su medio de comunicación.
Hoy, tras conocer el deceso de Pacho, mirando las dos fotos que poseo de aquella aventura del récord mundial (los tres en la cabina de locución y la otra trepados en el carro de bomberos con varias personas), no puedo más que recordar a esos compañeros que ya marcharon y corroborar con nostalgia que soy el único sobreviviente (Radio Garzón tampoco sobrevivió). Y recordar que siendo un director mocetón recibí una lección del humilde trabajador más viejo del grupo, que he tratado de aplicar el resto de mis días.
𝑹.𝑺.𝑽.
Reserva Natural de la Sociedad Civil Cʜᴀᴍᴀᴄʜɪ́ᴀ, Choachí, Cundinamarca, mayo 5 de 2026.

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